lunes, 19 de julio de 2010

La sal de la tierra


Rita Martín es la sal de la tierra para articulistas y fotógrafos. Ahí estaba, en la reapertura de la casa de los Sall, en Telde, mientras el alcalde, Francisco Aureliano Santiago, profería un discurso de quince minutos sobre la saga de los Sall, su vinculación con la familia de los Millares, el valor simbólico y patrimonial del inmueble, desperdigando los encomios y las metáforas que exigía retóricamente la situación. Me aseguran que la consejera de Turismo observaba atentamente al alcalde y parecía no perderse ni una sola de sus palabras. Nadie la distrajo con ninguna conversación intrascendente. Su teléfono móvil no comenzó a gemir imperativamente desde su bolso. Aparentemente no perdió el conocimiento ni declaró entre los más próximos un súbito ataque de otitis. No. Ahí estaba sentadita, envuelta en un traje azul, con los ojos fijos en el alcalde, ojos que solo se desviaban, de tarde en tarde, para distraerse, durante unos fugaces segundos, en algún detalle de la hermosa y señera vivienda.


En su intervención Martín se puso a hablar de la sal. Creía estar en la casa de la sal, a la que había sido invitada para condimentar un cabrito o tomarse un baño en un jacuzzi que, sin duda, se guardaba en el sótano, porque una casa de la sal sin jacuzzi es como una Consejería de Turismo sin Rita Martín. El rostro del alcalde adquirió la coloración de un ladrillo. Los presentes se miraban unos a otros, estupefactos, avergonzados, aterrorizados. Rita Martín seguía hablando. No con tanta fluidez como cuando usa su inglés de pitufa feliz y cosmopolita, pero sin perder comba en ningún momento. A todo el mundo le ha hecho mucha gracia. A mí, después de tres años de payasismo sostenido, de un ridículo recalcitrante, la flor jocunda de su manifiesta y atropellada y dadivosa incapacidad gestora, ya no me hace ninguna.

Pero lo importante -por una vez- no son las palabras. Lo importante es la atención de Rita Martín. Lo importante son los ojitos entrecerrados coronando su poderosa humanidad y centrados cuidadosamente en el alcalde. Lo importante, en definitiva, es en qué estaba pensando Rita Martín mientras hablaba el alcalde y se abanicaba con la tarjeta de invitación al acto. Exactamente: no estaba pensando en nada. No escuchaba nada. No entendía nada. Nunca lo ha hecho. Pensar es una actividad antihigiénica. Y ella, a cualquier hora, es limpiamente fiel a sí misma.


RETIRO LO ESCRITO > ALFONSO GONZÁLEZ JEREZ

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