Gregory Santos Cristo
Cuando un político es incapaz de reconocer que ha llegado su hora, que a todos, en la vida, nos llega el momento de la retirada, mal político es. Después de tanto tiempo en ejercicio, después de varias derrotas, después de tanto ambicionar poder, hay que saber aceptar los designios de un pueblo, probablemente cansado de cierto estilo de hacer política en el que, como nota predominante, figura la producción de encono y crispación.
Marcos Brito Gutiérrez, ex alcalde del Puerto de la Cruz, no se ha dado cuenta de que el pueblo no le quiere, de que ha perdido en las urnas. Era la sexta vez que se presentaba como candidato en democracia -su pasado franquista y otra alcaldía en ese régimen es un accidente como otro cualquiera- y cosechó su quinta derrota (sólo ganó, en minoría, en el año 2003).
A partir de la noche del 27-M, mientras escuchaba abatido doblar las campanas de la Peña de Francia, cada acto de Brito, cada comparecencia pública suya, han sido las patéticas demostraciones de un político derrotado que se resiste a admitir la situación, a dejar paso a otros más jóvenes y a sumir el papel de un ex que, tan solo por veteranía, debería ser más digno.
Pero no. A Marcos Brito le reconcome la derrota, la inapelable derrota en las urnas. Convencido de que el Ayuntamiento iba a seguir siendo su predio, seguro de que en el ámbito interno de su organización local no habría quien le tosiera, el político oriundo de El Hierro, que soñaba con superar por mayoría a los socialistas y arrinconarles en su feudo histórico, aquellos resultados, que significaban un duro castigo de los electores teniendo en cuenta que concurría a la reelección como alcalde, quebraron sus delirios de grandeza y aceleraron los estertores de su trayectoria política.
Una treta estéril
Y así se apoderó el patetismo de su oronda figura. Hizo todo lo posible antes del pleno de elección de alcaldesa para impedir el pacto entre PSOE y PP. Un pacto que él mismo y otros compañeros de formación política habían auspiciado durante el mandato anterior, con un comportamiento insolente que Eva Navarro y unos pocos leales a ésta no perdonaron. Sabiéndose directo responsable, intentó una jugarreta de última hora: retirar su candidatura a favor de la de Sandra Rodríguez. Se trataba de que él seguiría en el Ayuntamiento tutelando el gobierno y las decisiones. Pero aquella treta, en el fondo una falta de respeto a sus correligionarios y a sus electores, también le salió mal.
Tras el pleno, estrenó su condición de ex en el mismo salón de sesiones con un mitin deplorable. Algún medio que grabó la intervención se negó a reproducirla, haciéndole de paso un favor. Otros periodistas se limitaron a sonreír. Ni el tono ni las formas gustaron a un enviado especial de su partido. Otros militantes y personal de confianza que empezaban a degustar, con más realismo, el sabor amargo de la pérdida electoral, bajaron la cabeza.
Después, preparando en solitario el futuro inmediato de su situación político-personal, lejos de hacer autocrítica y ganarse el respeto de quienes deben valorar su experiencia, prefirió pasear su patetismo por la pantalla terráquea y algún otro medio radiofónico donde inspiraba más bien lástima.
Decía que “sólo” había perdido por 300 votos y que él no tenía problemas con el Partido Popular (un sector del cual que aún se reúne en un hotel de la ciudad le apoyó sin reservas, olvidándose del gran daño que Brito le ha causado a ese partido en el pasado), de modo que él estaba dispuesto a volver a gobernar. Sin darse cuenta de que había perdido las elecciones y que la representación del PP, la que quiso el pueblo, no le acepta.
Recelos y destemplanzas en Coalición Canaria
Mientras eludía la realidad, el ex alcalde portuense trataba de superar los primeros fríos de una nueva estancia en la oposición sin darse cuenta de algunos hechos políticamente llamativos. Por ejemplo, socialistas y populares reafirmaban su alianza con elementos y nudos prosaicos (léase áreas de poder, despachos y sueldos). Otro: el malestar se había desatado en el seno del nuevo Grupo Municipal de Coalición Canaria, algunos de cuyos componentes discrepan y recelan abiertamente de los manejos autoritarios y unipersonales de Sandra Rodríguez y Juan Carlos Marrero. Y uno más: la larga sombra de Milagros Luis Brito -reforzada con los descontentos de quienes no fueron en la lista, familiares y críticos cansados de los manejos de Brito, Rodríguez y Marrero así como de las bochornosas sesiones de la pantalla terráquea- empezaba a proyectarse sobre el comité local.
El pleno de organización del Ayuntamiento fue otro punto de inflexión. Brito probó de su propia medicina. Y se disgustó -en realidad pilló un cabreo monumental y empezó a soltar exabruptos dignos de la pantalla terráquea- con los titulares del día siguiente que destacaban la reducción de los sueldos de los miembros del gobierno. En la sesión, llegó a apelar al Reglamento de Organización y Funcionamiento (ROF): él, que mandó a callar al secretario en más de una ocasión; él, que no quería saber nada de reglamentos ni de informes técnico-jurídicos; él, que tocó a rebato a sus leales para intimidar a los socialistas, era quien se refugiaba en los preceptos reglamentarios para tratar de exponer sus argumentos.
Ya su patetismo avanzaba sin control. Sandra Rodríguez hacía esfuerzos para amortiguarlo. Pero Marcos Brito reaccionó con la convocatoria de una rueda de prensa. Llamó a su Grupo, cuyos componentes aparecen con rostros desencajados en la fotografía y en la pantalla terráquea. Y allí, en una larga perorata que aburrió a los informadores, le echó culpas a quien fue su jefe de prensa por no haber proyectado adecuadamente la cantidad de cosas que hicieron, insinuó tratamientos favorables al gobierno en los titulares alusivos al pleno, criticó el clientelismo que viene sin acordarse del que él practicó con generosidad, continuó descalificando las primeras decisiones de Eva Navarro y reprochó los personalismos de quienes encabezan el pacto... hasta dar a entender que todo es posible en el Puerto. Es decir, que él se resiste a dejarlo y si puede censurar, censura.
Un cartucho quemado, a la espera de ‘milagros’
Era, en efecto, una foto, una expresión de patetismo. Francisco Ayala, columnista de ‘El Día’, poco sospechoso, escribió en cierta ocasión que “Marcos Brito es un cartucho quemado”. La frase -que no gustó naturalmente al político- resulta muy apropiada para alguien que no acepta que ha sido castigado; que sólo ha ganado una -en minoría- de las seis veces que ha sido candidato; que sigue creyendo que sus métodos -descarada manipulación radiotelevisiva incluida- son válidos para captar a la gente y que no se da cuenta de que el mejor servicio que puede prestar a los suyos y a los portuenses es dar el paso al costado.
Porque con él en activo, el panorama de Coalición Canaria en el Puerto de la Cruz se torna muy incierto. Con la hostilidad de una parte de la asamblea y con el Grupo Municipal receloso nada más arrancar el mandato -situación que se agravaría si Sandra Rodríguez y Juan Carlos Marrero se incorporan a otros destinos políticos o profesionales-, la estancia en la oposición -que tiene como primer y casi único objetivo desestabilizar la actual alianza de PSOE y PP- puede ser bastante dura.
Por eso, en algunos círculos coalicioneros, se repite que hacen falta ‘milagros’ para levantar esto...
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